Con tristeza serena, pero sostenidos por la esperanza, los Hermanos de la Inmaculada Concepción comunicaron la partida del hermano Augustine Kudbaar, superior general de la congregación.
El religioso falleció ayer, luego de una prolongada enfermedad. En un comunicado difundido a través de su página institucional, la congregación lo despidió con profundo afecto, describiendo este último tramo de su vida como una “peregrinación vivida con honestidad interior, entrega y completa reconciliación con su propia historia”.
Una de sus últimas intervenciones públicas fue a través de una carta enviada a todas las misiones de la Congregación FIC en el mundo, en la que llamaba a vivir una Navidad como una forma de vida y no solo como un día especial. «Si Dios nos ha amado tan profundamente, ¿cómo podemos dejar de amarnos unos a otros?. Si Dios ha entrado en la oscuridad de nuestras vidas, ¿cómo podemos nosotros, creados a su imagen y semejanza, permanecer indiferentes mientras nuestro prójimo se ve agobiado por la opresión y la desesperación? ¿Cómo podemos pasar por alto a los desesperados y hambrientos, fingiendo que no existen? ¿Cómo podemos celebrar la Navidad ignorando a quienes Cristo vino a salvar?»
«Sé la luz», desafía en su carta, aclarando que «Cristo nos llama a ser agentes de cambio, entrando en el mundo de los demás como Él entró en el nuestro. Al igual que Cristo, la Navidad nos llama a ser luz y esperanza para quienes viven en la oscuridad y se sienten desesperanzados».
Hace algunos meses, el hermano Augustine había presentado su renuncia al cargo de superior general, una decisión tomada —según expresaron— “por el bien de la Congregación que tanto amaba”. Ese gesto fue, para muchos, un testimonio elocuente de su manera de entender el liderazgo: no como ejercicio de poder, sino como servicio generoso, capaz de discernir cuándo sostener y cuándo dejar ir.
En las próximas horas se darán a conocer los detalles de su funeral.
El obituario preparado por los hermanos subraya que su memoria permanecerá viva en cada encuentro y en cada gesto compartido. Lo recuerdan como “una persona amable y humilde, abierta y sin pretensiones; un oyente atento, siempre receptivo. Estaba presente con todo el corazón, escuchando no para juzgar, sino para comprender. Sus palabras afirmaban, su actitud serenaba y su presencia hacía que cada persona se sintiera acogida tal como era”.
Así, la vida del hermano Augustine Kudbaar queda sembrada en la historia de la congregación como una huella discreta, profunda y fecunda, que seguirá dando fruto en quienes lo conocieron y en la misión que amó hasta el final.


